Susana María

Doble cara

por Susana María

Hay cosas que se ven o se escuchan al pasar que asustan. Con tanta frialdad se puede pensar de una manera y obrar de otra, tan contraria. O aparecer mirando en un sentido pero ser fingimiento, solapa interesada. O actuar con descaro.
Mentira y simulación, hipocresía y deseo de ventaja. Querer quedar bien con Dios y con el diablo y de ambos obtener prebendas. Me quedo pensando en una y otra actuación y me produce vértigo. Gente capaz de establecer una dicotomía tal entre el discurso y la vida, entre su yo ambicioso o acomodaticio y la  realidad, que no sabe siquiera cuál es su verdadero  rostro.
Da igual tener doble cara o ser descarado, si para el caso es lo mismo. No tener conciencia de la propia dignidad es no tener cara propia, es haber perdido la propia identidad.
En el laberinto interior de la mentira se pierde la libertad atrapado en la confusión. Ya no se encuentra la puerta de los sueños ni la mirilla de la esperanza. Se pierde la credibilidad y ya todo da igual. ¿Por qué ojos ve?  ¿Por cuál nariz respira? ¿Por qué boca come y habla de verdad? ¡Qué más da! Una criatura humana así no deja de ser frágil aunque crea que atrapa muchas víctimas incautas y escala altas esferas de poder. Su humanidad se ha alimentado por la boca ficticia, sumiéndola en la lasitud de la vida. Son sus malogrados ojos los que le llevan a transitar hacia el abismo de la  existencia. ¿Qué puede esperar de la vida?  Sólo un regazo de misericordiosa paciencia e incondicional aceptación  maternal, que le procure caminos de sanación. Una madre como la Iglesia,  que  le inculque la enseñanza evangélica de Jesús: «digan sí cuando es sí y no  cuando es no; cualquier otra cosa que se le añada, es del demonio» (Mt. 5, 37). Sólo en esa capacidad desarrollada de vivir en la verdad se podrá  vivir  en libertad.


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