Sergio Lázaro

¿Por qué lo permites?

por Sergio Lázaro

¿Por qué dejaste que ultrajaran así a tu Hijo?
¿no había otra manera de dejarnos el Mensaje de Salvación?
¿por qué tanta sangre?
¿acaso quieres que ese sea el precio que paguemos?¿¡el dolor!?


Estas preguntas tienen dos mil años, se las hicieron muchos de los que estaban allí, junto a la cruz, nos las hacemos hoy ante el dolor que sufrimos y ante el misterio escandaloso de la cruz.
Hay quien piensa que el sufrimiento humano es castigo de Dios, o que Cristo era un “luchador” más, o que Dios ya no hace falta porque se tienen resueltos los problemas, o que es una idea de los ricos para apaciguar a los pobres,…, hay quien ni piensa en estas cosas.
Dios no quería la cruz de Cristo, ni quiere nuestro dolor, pero respeta la libertad: la libertad para hacer el bien y hacer el mal, la libertad para comprometerse y también para asumir las consecuencias de este compromiso, sea buenas o malas.
¿Querrás tú que tu hijo se caiga? Claro que no, pero si no se cae no aprenderá a caminar, ahí estarás tú para ayudarlo, pero no podrás dar los pasos por él.
La maldad del ser humano llega a tanto que es capaz de matar al inocente, al justo, al que cura y  al que enseña, y Cristo quiso ser justo, curar y enseñar hasta sus últimas consecuencias. Dios respetó ambas libertades: la de hacer el mal y la de hacer el bien…, siempre lo ha hecho, y siempre lo hará.
En el momento de ese “paso final” de ese nuevo camino que Jesús emprendió en la Cruz, Dios no podía estar con él, como no puedes estar tú con el primer paso del nuevo “caminar de tu pequeño”. Por eso Jesús gritó: ¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?! , por eso a María “una espada le atravesó el alma”
Jesucristo asumió nuestra realidad hasta sus últimas consecuencias. Por eso Dios lo resucitó de entre los muertos, y entonces lo que podía ser un mensaje, una simple propuesta, es ahora una Realidad de Vida Eterna, por eso se puede tener la certeza de que no hay persona o realidad insalvable, porque hasta la muerte tiene ya solución. Sólo tenemos que abrirnos a la propuesta de Cristo, y por supuesto, hablar de ésta a quienes no la conocen, para que tengan la libertad de acogerla o rechazarla.

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