Sergio Lázaro

Diálogo y Libertad Religiosa en Cuba Hoy

por Sergio Lázaro

El Obispo de Pinar del Río reparte estampas a pioneros durante el paso de la imagen de la Virgen

Policías que llevan la imagen de la Virgen de la Caridad y pioneros que salen a saludar con su maestra, funcionarios del Partido y el Gobierno contribuyendo al orden de celebraciones religiosas, felicitaciones de Navidad dichas libremente en los pasillos de escuelas, hospitales o de esquina a esquina, grandes celebraciones de las iglesias evangélicas… ¡Algo está cambiando en Cuba!, o más bien, varias cosas están tomando sus resortes naturales en la sociedad cubana: una de éstas es la práctica religiosa.
Pareciera que en Cuba no hubo un período de persecución a la práctica religiosa, aunque muchos lo recuerden, la mayoría de los que hoy practican o participan en actos religiosos masivos no se enteraron de ello, sólo saben que no les habían hablado antes de Dios; otros sólo saben que algo de prohibiciones hubo y otros, como yo, a quienes esa realidad nos ha dado duro, se nos ha olvidado, no en el sentido de la amnesia pasiva, sino en el sentido de la voluntad cristiana de superar las diferencias y dejar que las realidades nuevas y buenas sigan su paso: es otorgar un perdón que no se ha pedido con palabras, pero del que hablan los hechos por sí mismos.
La propia dinámica del perdón cristiano lleva a la enmienda, la cual es un proceso gradual y sistemático que cambia las realidades que habían producido el agravio, tal vez por eso la confesión nos resulta difícil para los cristianos: decir los pecados al sacerdote es un acto; la enmienda, una práctica cotidiana costosa.
Para aplicar esta dinámica a la práctica de la libertad religiosa lo primero es darse cuenta de que dicha libertad es la primera de todas, es la libertad de escoger el sentido de la vida, sentido éste que va más allá de lo cotidiano y apunta a lo trascendente, a lo eterno, a Dios. De la manera en que las personas se relacionan con Dios dependen sus valores, sus criterios de juicio y sus actitudes, por tanto las decisiones que toman y la forma en que se comportan consigo mismas, con su familia y  en la sociedad.
El ser humano es por tanto libre de escoger su relación con Dios, una visión del mundo, y unos comportamientos que le sean coherentes. Cuando este derecho se ha violado nos hemos encontrado con personas fracturadas, con doble cara y doble comportamiento, con desidia y falta de sentido de la vida. Esos son parte de los males que nos aquejan como consecuencia de aquellas décadas que estamos olvidando. Por tanto la enmienda comienza justamente ahí, con la reconstrucción de la persona humana y el entorno natural de sus relaciones sociales, que comienza por la familia y se extiende a otras organizaciones y grupos, a los que se les suele llamar sociedad civil.
A partir del hecho de que la persona no tendrá dificultades para practicar su religión, escoger su cosmovisión y ponerla en práctica, las iglesias, las escuelas, las familias y el Estado, deben cambiar sus modos de educar y de conducirse, de modo que la intolerancia del que piensa distinto, se transforme en respeto a la diversidad, que la batalla de ideas se transforme en diálogo respetuoso, que la indiferencia y la indisciplina social se transformen en participación responsable, para que los actos de repudio desaparezcan y se abra paso al sano debate público dentro de un marco legal que hay que mejorar para que esto sea posible.
La economía ha sido tal vez el resorte que ha obligado a las autoridades en Cuba a mirar la realidad al menos con pragmatismo y a buscar en medio de la profunda crisis que vivimos, a los actores subjetivos (individuales y sociales) que puedan contribuir a sacarnos del atolladero. Entonces se fijaron en la Iglesia, con su perenne propuesta de valores y sentido, con su voluntad de perdón, su propuesta de reconciliación y su dinámica milenaria de enmienda, entonces comenzaron a reconocerse de derechos y a establecerse colaboraciones. No conozco exactamente cómo pasó, pero un simple análisis arroja que por ahí han ido las cosas, y no es un mal comienzo para un real proceso de enmienda, pero no puede quedarse en la coyuntura, ni tomarse como mal menor para paliar una situación puntual de crisis, como ha sucedido años atrás, por ejemplo, con la apertura al trabajo por cuenta propia. En Cuba todo es consciente de que la crisis no es coyuntural, y que lo que se cambie no ha de ser transitorio, lo cual es también un buen punto de partida.
Lo que sigue es trabajar unidos, que no significa unificados, sino más conscientes de las diferencias y los puntos comunes. Acometiendo, cada actor social, los cambios que le corresponden, sin los cuales no hay unidad posible.
Uno de estos puntos es la conciencia de la falta de valores, quel los cristianos entendemos que es falta de Dios; en este sentido el ejercicio de la libertad religiosa no puede quedarse en la dimensión cultual, es necesario que se gane en mayores grados de participación de las Iglesias en Cuba en la formación de la subjetividad y la cosmovisión de los ciudadanos a través de la educación y la comunicación social, que ahora se realiza, de forma apreciable (aunque reducida) y complementaria a los medios estatales, pero que debería abrirse a la formalidad y la amplitud, no sólo para las Iglesias, sino para cualquier actor de la sociedad civil, que quiera emprender en estos campos sometiéndose, como es lógico a la legislación, que busque la promoción del bien común. Las familias tienen tanto derecho a la educación como a escoger el tipo de ésta que tengan sus hijos, el individuo tiene tanto derecho a la comunicación como a escoger los contenidos, los mediadores y los destinatarios de ésta.
Sin embargo, el punto clave del ejercicio de la libertad religiosa está en la vida de cada persona. La aplicación de éste derecho se decide en el día a día de ésta, en el trabajo, la casa, la escuela y la calle, en la medida en que actúe en consecuencia con la fe que profesa, sea cual fuere. ¿Imagina qué pasaría en Cuba si cada uno de los que nos confesamos creyentes en Dios renunciamos a la mentira, a decirla y a participar en las formas estructurales que este mal tiene en Cuba? ¿Qué pasaría si esos mismos creyentes actuaran conforme a lo que es justo a los ojos de Dios según su fe? Mucho, y más rápido de lo que está cambiando, cambiaría la realidad en Cuba y, además, para bien.
De manera análoga los que ostentan algún tipo de autoridad, a distintos niveles, deben estar conscientes de lo que significa el ejercicio de mayores grados de la libertad religiosa: apego a la verdad, rechazo a la corrupción, búsqueda de la eficacia, la igualdad y la solidaridad…, con lo cual todo el mundo está de acuerdo en Cuba en teoría, pero en la práctica es difícil de cumplir, de dejar cumplir y de adecuar estructuras a estos valores.
El límite de toda libertad es el bien del otro y el bien común, y de eso se ocupa la ley. La libertad religiosa tiene su límite también ahí: no se puede hacer daño en nombre de Dios, ni tratar de impedir que otros tengan y practiquen una visión distinta del absoluto. En este sentido en Cuba persisten prácticas de crítica irrespetuosa y aun disuasiva de unos practicantes hacia otros, de unas Iglesias o sectas hacia otras; ciertamente no son la mayoría, pero existen, y su influencia no es despreciable. Es necesario seguir orando y trabajando entre todos para que siga mejorando la convivencia entre denominaciones.
La tierra ha quedado más fértil en Cuba tras la Peregrinación, pero el anuncio del Evangelio pasa por la coherencia entre la fe y la vida. De lo que se siembre depende la cosecha, y la siembra depende de ti: tú eres el cambio, tú, y los que te rodean, que somos todos.

Publicado en la Revista Vitral, de la Diócesis de Pinar del Río, marzo de 2012

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