Sergio Lázaro

Del lenguaje al corazón

por Sergio Lázaro

Los cambios del Papa Francisco

Un primer cambio introducido en la Iglesia Católica por Francisco es el lenguaje. Puede parecer una mera cuestión formal, pero en realidad es algo mucho más profundo. No se trata del abandono de ciertas expresiones curiales o de palacio, sino de atreverse a tratar con palabras usuales y de manera clara determinados temas de los que se tenía conciencia pero que no se afrontaban.
Es incluso animarse al sinceramiento y a la aceptación de la propia humanidad herida por los interrogantes más dolorosos, como cuando afirmó recientemente que  no hay respuesta a la pregunta sobre el sufrimiento de los niños.
Acaso todo comenzó con su primer saludo como Papa a la muchedumbre reunida en la Plaza San Pedro, cuando dice “Buenas tardes”, le pide al pueblo que rece para que Dios bendiga al obispo de Roma y se despide deseándole a todos un “Buon riposo”.
Habría que remontarse al Papa Juan XXIII, que también alcanzó una sorprendente empatía con la gente a través de los gestos afectuosos y el hablar sencillo.
Después está su deseo de una Iglesia pobre y misericordiosa, capaz de asistir a los heridos como un hospital de campaña, su manifiesta prioridad ecuménica, su repregunta: “¿Quién soy yo para juzgar a los demás?”. Y también la distinción que marca entre pecadores y corruptos, su llamado a ir a las periferias existenciales, la jerarquía de valores en el campo de la teología moral, la dimensión histórica en la comprensión de las Escrituras, la condena de toda economía de exclusión y de la idolatría del dinero, la desconfianza ante los fundamentalismos y las espiritualidades sin Dios.
Es importante señalar la atención prestada a la piedad popular y a la fe de los más humildes, casi como un correctivo a quienes tienden a ideologizarla.
Cuando dice que la Navidad habla de ternura y de esperanza, pone el ejemplo de los niños frente a sus padres.
Así parece referirse a la parábola evangélica del hijo pródigo y querer presentarse en la línea de ese padre a la espera. Todo esto no desdice la firmeza y la determinación para enfrentar lo que puede ofender la ternura de Dios.
Por eso su política de reformas: tolerancia cero ante los abusos sexuales, transparencia de las finanzas, reformulación del gobierno central. Se trata de recuperar virtud y credibilidad (sin la cual mal podría anunciarse el
Evangelio) y de obrar en función del bien común (única razón para que la Iglesia y la política sean convergentes en sus diferencias).
Quizá la convocatoria mundial para pedir por la no intervención militar en Siria y la carta enviada al presidente ruso, Vladimir Putin, valgan como muestra de su manera de entender las relaciones internacionales y el aporte de las religiones a la paz. Curiosamente Francisco despierta simpatías en gente que no milita en la Iglesia o que no tiene fe.

Vocación
Más allá de su reconocida austeridad y vida de oración, Jorge Bergoglio siempre demostró una particular vocación política: una de las formas más altas de la caridad, al decir de Pablo VI, que, sin embargo “ensuciamos cuando la usamos para los negocios”.
Siguiendo a Tomás de Aquino afirma que la virtud del político es la prudencia. Pero explica que la Iglesia necesita una prudencia que no puede ser “paralizadora” y que también precisa de audacia. Pero ¿cómo se combinan ambas probidades? Ejercitarse en el discernimiento y confiar en el Espíritu, parecería ser su propuesta.
El pontificado de Francisco, que aún no cumplió un año, ya marcó con claridad ciertas directrices. Confiesa que necesita el acompañamiento colegial de cardenales y obispos, porque un hombre no cambia las cosas y toda reforma institucional requiere amplios consensos. Hay en él una rara combinación de franciscano y jesuita, de profeta y hombre de mando.
Hasta ahora parecen ser algunos sectores más tradicionalistas o determinados economistas algo dogmáticos los que se muestran más preocupados o desconcertados.
Sin embargo, conviene recordar que Bergoglio, por formación y por carácter, es un hombre de la ortodoxia y que su celo por los que más sufren no nace de posturas ideológicas; tampoco es un técnico.
Cuando algunos lo tildan de una cosa o de su contrario, sin la debida contextualización del discurso, parecen manifestar cierta torpeza.

José María Poirier Lalanne   / enviado a Gustavo Andújar, SIGNIS

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