Susana María

Sueño colectivo

por Susana María

Acabo de despertar y me espera un día intenso de trabajo. Posiblemente otros han pasado la noche en vela y muchos, quizá, aún sigan durmiendo un rato más. Dormidos o despiertos, más allá de la noche y del descanso, seguramente todos hemos tenido un sueño.
Cada quien de la forma que anhela. Cada cual proyectando su inconsciente hacia un futuro inexorable. Cada uno queriendo pintar sus ilusiones en un lienzo a su medida. Soñar no cuesta nada, pero despertar del sueño y pisar la realidad muchas veces cuesta ¡y mucho!
Nos cuesta adecuar su estatura a la altura de lo que podemos alcanzar.
Nos cuesta acompasar sus pasos a los de aquellos que caminan con nosotros.
Nos cuesta postergar su urgencia para el tiempo en que las condiciones sean mejores.
Nos cuesta alimentarlos cuando se nos acaba en la bodega la esperanza.
Nos cuesta dejarlos volar por imposibles.
Nos cuesta realizar nuestros sueños, pero no desistimos de ellos.
Menos aún si son sueños colectivos, compartidos con muchos otros a lo largo y ancho de la vida.
Soñar es humano. Soñar es cristiano. Soñar es anhelar que todo se haga nuevo. Soñar es no claudicar ante una realidad donde no cabemos todos. Soñar es sostener la confianza y dar sentido al esfuerzo cotidiano. Soñar es dar un paso más hacia el futuro con certeza, sin decepción ni agobios, pero en el marco de la esterilla donde podemos acomodar nuestros huesos.
El sueño de Dios se construye con la medida humana. Puso el Reino en nuestro corazón y en nuestras manos para que lo hagamos cierto cada día, al despertarnos.
«El Reino de Dios es cosa que se conquista y los más decididos son los que se adueñan de él» (Mt. 11, 12).


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