“Cuando trabajaba para la Iglesia en el obispado de mi diócesis me sentía siempre como en una contienda bélica, siempre había una campaña en contra a la que responder, un problema interno que asumir, un ataque de alguien…”
Así puedo resumir lo que me dijo una buena amiga, y es verdad, no sólo para quien trabaja en un obispado. En la Iglesia de Jesucristo se vive permanentemente el conflicto hacia afuera y hacia adentro.
¿Se trata del asedio constante del Malo?¿Se trata de la incapacidad humana de cargar con obras que superan nuestra fragilidad?¿Se trata de los cambios del mundo?. Puede que se trate de todo eso y de más.
Yo he vivido fuertemente esa lucha durante toda mi vida, en momentos más que en otros, esta Cuaresma ha sido dura en el sentido espiritual. He tenido que lidiar con desacuerdos, injusticias y silencios, desde dentro de la Iglesia y desde fuera.
“¡Vas bien entonces!”, me dijo un obispo viejo y amigo, “agradece la cruz, preocúpate cuando no la tengas”, concluyó.
Dos asideros he tenido en esta Cuaresma, el diálogo y la oración. Una alegría: mi familia. ¡Gracias Padre por la Cruz!


Cuando somos tratados como un objeto, una cosa, o manipulados según la voluntad de alguien, logrando una meta, se empobrece al hombre.


En los años 70 en Cuba, muchos creían que la fe cristiana era “una lacra del pasado”. Olimpia amimaba la oración del Santo Rosario los martes por la noche en la Iglesia de San Diego de los Baños en Pinar del Río. Martes por martes, a las 8:30 había una cosa segura en mi pequeño pueblo: “¡Ave María Purísima!”, decía Olimpia y comenzaba a rezar.