El rostro enlutado de una anciana negra, las lágrimas de un joven de rara vestimenta, la muchacha si zapatos vestida de amarillo, el turista frío, le séquito y la quinceañera, la religiosa piadosa que reza y explica, el vendedor perseguido, el maloliente, y Ella, con su carita pequeña que se te antoja alegre si lo estás o triste si lloras, con ese raro fulgor que te habla de otro mundo limpio y glorioso, y esa paz, sobre todo la paz…
Eso es lo que vi la mañana del 25 de enero en el camerino de la Virgen de la Caridad del Cobre.
Tuvimos misa, y el padre habló sencillo y profundo para que cualquiera entendiera y para que la palabra horadara los huesos. Había un olor a rosas jazmín, y el día estaba soleado y fresco, el viento a cada rato se apoderaba del recinto, como el Espíritu Santo lo hizo de María, la pobre aldeana de Nazaret el día que le dijo que iba a ser la Madre de Dios. El mismo Espíritu que tumbó a Saulo de Tarso del caballo, para convertirlo en el más grande predicador de la historia.
Seguí rezando por mi familia, por Cuba y por todos los que me lo encargaron hasta que no pude hablar más, una paz enorme dejó mi mente en blanco, y el corazón sólo gozaba, duró un instante, minutos, no lo sé…, sólo recuerdo un gozo inefable, con Ella, en el Corazón de Cuba.