El amor, la benevolencia compuesta de respeto e indulgencia, es la argamasa que ha de tener más unidos a los ciudadanos y al Estado; es un remedio contra los males de la convivencia, una panacea social.
Como discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los “signos de los tiempos”, a la luz del Espíritu Santo, para tener plenitud. (Jn 10, 40). La novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global, con diferencias y matices, afectan al mundo entero, habitualmente se caracteriza, como el fenómeno de la globalización.
En el contexto social en que vivimos, la realidad se ha vuelto opaca y compleja. Siendo fieles seguidores de las Bienaventuranzas, encontraremos la verdad, la que ilumina la realidad, el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio, de tal modo que pueda desenvolverse en ello la libertad y alegría con gozo y esperanza.
“…aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo…Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de la realidad y solo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas…”


“Hemos pasado toda la noche bregando y no hemos pescado nada” (Lc 5, 1-11). Así encontró Jesucristo a unos pobres pescadores del Lago de Galilea. Habían gastado tiempo, recursos, energía en un empeño que les era vital y no consiguieron nada… ¿cuántas veces has estado así en tu vida?.
La montaña sobre la cual estaba Jesús el día del Sermón, era menos alta que aquella donde Satanás le había hecho ver los reinos de la tierra. Pero desde aquel monte humilde, Jesús hizo ver el Reino que no tiene fin, ni confín y escribió en la carne de los corazones, el canto del hombre nuevo, el himno de la soberana excelencia: ‹‹ ¡Cuán bellos son los pies de Aquel que sobre los montes anuncia y predica la paz››