Sergio Lazaro

¿Qué quieres que haga por ti?

El ciego Bartimeo quería ver, por eso cuando supo que Jesucristo pasaba frente a él clamaba con todas sus fuerzas pidiéndole compasión a pesar de que trataran de impedírselo. Jesús lo sanó. (Mc 10, 46 – 52)

En sus gritos, el ciego fue al centro de sus necesidades: «ten compasión de mí». Se sabía limitado y pecador, de ahí parte su clamor. Todos, en alguna medida, somos como Bartimeo, aquejados de alguna limitación seria, en el cuerpo o el espíritu, y necesitamos compasión, consuelo, sanación» La fe hace reconocer estas limitaciones. La conciencia del pecado es algo que abunda poco en el mundo de hoy. Tal vez pasaba lo mismo a muchos de los que seguían a Jesús, por eso hubo quien mandara a callar al mendigo ciego. Pero Jesús lo oyó y pidió que se lo trajesen. Bartimeo no se conformaba con su situación y buscaba a Aquel que podía cambiarla, tenía fe, esto es decisivo: junto a la conciencia de las propias limitaciones, está el deseo de superarlas, y la fe en que Jesucristo puede hacerlo. Probablemente aquel pobre mendigo no sabría que Aquel era el Hijo de Dios, pero tenía fe en lo que aquel «Maestro» podía darle. Eso lo salvó.

Si grande es la intención de Bartimeo, grande es también la respuesta de Jesús: ¿qué quieres que haga por ti? Cristo conoce cada una de nuestras necesidades y está pendiente de ellas aún sin que nosotros lo conozcamos, entonces, ¿por qué la pregunta? La razón está en la libertad. Dios respeta profundamente la libertad de cada persona, dejándole elegir en todo momento, incluso, cuando escoge su propio mal. En el caso de Bartimeo, Jesús deja que sea el necesitado quien elija su prioridad, y el ciego lo hace: «¡Maestro, que vea!».

Es importante saber elegir las prioridades en la vida. Siempre tendremos más necesidades de las que podamos resolver, siempre Dios nos preguntará en la intimidad de la oración por nuestra prioridad, y debemos saber elegir correctamente. La misericordia de Dios es infinita, pero no nuestra capacidad de acogerla, por tanto, debemos saber priorizar.

Después de ser curado, el que antes no veía seguía a Jesús por el camino. Quien ha tenido un encuentro personal con Cristo, recibe siempre un gran regalo y se convierte luego en discípulo, es decir, en persona que comparte el mismo camino que el Maestro mientras  aprende de Él.

El discípulo está invitado a hacer como su Maestro, por tanto debe estar atento a la voz de los que claman al borde del camino, para preguntarle: ¿qué quieres que haga por ti?

¿Qué le contestarás tú al Señor cuando hoy te pregunte qué quieres que haga por ti?

¿Qué harás cuando lo haga?

 

La curación del ciego Bartimeo (Mc 10, 46 – 52)

Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino.

Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle.» Llaman al ciego, diciéndole:

«¡Animo, levántate! Te llama.»  Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús.  Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que haga por tí?» El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.

Texto tomado de la Santa Biblia de Jerusalén, 1979.

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