Sergio Lazaro

La fe en Dios y las contingencias temporales

En los últimos tiempos se han estado manifestando acontecimientos inéditos en Cuba, los que he comentado con insistencia por la importancia que le concedo a que comience el movimiento por mínimo que pueda ser, frente a un inmovilismo que parecía eternizarse. Ello anima las esperanzas que tanto necesitamos, aunque aún sean muy precarias las señales que se perciben.
Así lo considero porque en mi criterio, cuando analizamos lo que sucede aquí, sin que nuestros entendimientos se nublen por causa de los rencores y los enfrentamientos que se han estado manifestando, podemos apreciar como ya he escrito que, la mediación Iglesia – Estado es un hito significativo, a pesar de todas las imperfecciones, insuficiencias y limitaciones que pueda tener, incluyendo los muchos problemas acumulados pendientes de resolver o bien porque el diálogo se debería desarrollar de todos con todos, tal y como lo he planteado en otros artículos desde hace algún tiempo.
Un hecho de esa extensión ha producido las más diversas y sostenidas reacciones. En consecuencia, quiero referirme a algo que he estado apuntando, pero que considero requiere de una mayor precisión a la luz de las creencias religiosas y de la fe en Dios, porque la diversidad de pensamiento, la libertad de expresión y el derecho de todos a la vida, nunca debería justificar las descalificaciones, los insultos, los odios, los rencores, la incitación a las venganzas, ni la discriminación de los creyentes o no creyentes por causa de sus convicciones personales.
En este orden de pensamiento, quiero recordar a los que tanto la cuestionan hoy, que la definición de Iglesia no es lo que simplemente coincida con una jerarquía, un determinado orden clerical, incluso un estado nacional específico. Iglesia significa asamblea, reunión del pueblo de Dios. La fe religiosa, el culto a Dios y a lo trascendente que, en su sentido más amplio, abarca el Panteón de deidades veneradas por la religiosidad popular cubana y otros signos religiosos, nada tienen que ver con los errores humanos que puedan cometer las jerarquías, así como el conjunto de sacerdotes, ministros, pastores, diáconos y/o personas consagradas que actúan dentro de la liturgia y el culto. Ellos y no los creyentes son responsables de sus actos.
El concepto de Dios es independiente de todo lo demás que se mueva en su entorno. Una fe verdadera se alimenta y se expresa en su relación directa con ese concepto, en la esperanza de una vida futura de amor, de justicia suprema y de paz espiritual, así como en la expresión de una ética que se vuelca hacia el amor con el prójimo.
Yo respeto profundamente a los que no tienen creencias religiosas, ni fe en Dios. Ese es su derecho así como que el nuestro es el de creer, ambos de acuerdo al libre albedrío inherente a la condición humana. Pero ese mismo respeto que profeso por los agnósticos y los ateos, me da fuerza moral para pedir que se respete a los que creemos en Dios y/o profesamos las más diversas creencias religiosas presentes en Cuba. El odio, los rencores y la incitación a los pases de cuentas indiscriminados, poco ayudan a la solución de los grandes problemas que tenemos por delante y que nos corresponde a todos coadyuvar efectivamente para resolverlos.
No tener fe o profesar lo religioso constituye una definición estrictamente personal. Tenemos todos los derechos de manifestarnos en conjunto como Iglesia o pueblo de Dios, para mediar, actuar y promover la paz, la armonía, el respeto a los derechos inalienables de la condición humana y el amor entre todos sin exclusiones. Dios no es el enemigo; lo son, en cambio, nuestras inconsecuencias, nuestros rencores y nuestros odios.
Publicado en Por Esto! El lunes 26 de julio 2010

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