Sergio Lazaro

Mis sentimientos en mi 72 aniversario

En múltiples ocasiones repetimos de boca para afuera, casi sin pensarlo mucho, que el tiempo pasa en forma inexorable, o que nos parece que el año tal está trascurriendo más rápido que nunca. Es una sensación de lo efímera que resulta la vida terrenal. Sobre todo, estos criterios los expresamos con mayor frecuencia según vamos envejeciendo y los bríos de la juventud van quedando atrás, como si fueran ecos de una existencia consumida en los avatares de la vida.
Hace algunos días cumplí 72 años y confieso que es un aniversario realmente impresionante, porque cuando miro hacia lo que he vivido, no puedo evadir el recuerdo de todos los que se fuero primero o de los que se han marchado rumbo a la diáspora. Ustedes pensarán que también van dejando a muchos atrás porque la vida es un constante ir y venir, unos nacen y otros mueren, unos vienen y otros se van. Yo estoy de acuerdo, pero con tristeza tengo que recordar el crecimiento de una diáspora añadida que aumenta más allá de lo normal a mi derredor, y que va dejando a los que envejecemos cada vez más solos.
Si comparo el ritmo de crecimiento de esa diáspora, puedo decirles que durante mi niñez y mi juventud apenas podía percibirla y que ya en mi madurez y más aún en mi vejez, poco a poco se ha ido intensificando. Percibo, con los demás que también se van haciendo más viejos en mi entorno, que esas circunstancias nos están cansando de los discursos triunfalistas que no reconocen las realidades que en la práctica estamos viviendo y que no se pueden negar.
Este principal sentimiento en mis 72, necesariamente es motivo de una angustia interna que no puedo ocultar por más que para algunos esta sea un anatema. Como viejo les digo que se podrán ahogar e incluso prohibir las expresiones públicas de estos dolores, pero su existencia no. En esas circunstancias, percibo como si se estuviera horadando por dentro nuestra estructura social y acumulándose rencores que me espantan y que no deberíamos admitir su desencadenamiento porque enferman a nuestra sociedad más profundamente de lo que ya está.
También percibo una incomunicación generalizada de unos con otros, así como el crecimiento de los ritmos de las exclusiones que nos fragmentan y de los intereses que no se concilian o no se debaten en pro de la concertación, la convivencia pacífica y el reconocimiento de los derechos de los demás. En esas circunstancias y coyunturas, me inquieta que el movimiento que es inherente a la vida se entorpezca o se le niegue a unos mientras que a otros se les permite, porque creo que todos tenemos derecho al movimiento que no avasalle a los demás.
No debería suceder que unos ahoguen a los otros, que unos se reconozcan sólo a ellos mismos o a los que únicamente piensan como ellos. Este no debería ser el rasero de la justicia y la equidad verdaderas.
Me resisto a aceptar que el odio sea la divisa central de la vida. Me resisto a pensar que no podamos dialogar todos con todos para decirnos lo que sentimos y a lo que aspiramos. Me resisto a pensar que en nombre de la verdad y de la justicia, cerremos el paso a los que vienen detrás de nosotros.
En mis 72 años, me duele todo esto pero me aferro a la esperanza porque creo en la vida, en lo trascendente que nos ha creado y en la imagen y semejanza de Dios. No puedo dejar de creer en esas esperanzas y valores esenciales. Todo es muy difícil y complejo, pero hay que seguir adelante. Esos son mis sentimientos de los 72.
Publicado en Por Esto!, el lunes 2 de agosto del 2010
fsautie@yahoo.com
http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=22&idTitulo=34571

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