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El ojo del huracán

Ha clavado su mirada en nosotros con implacable agudeza. La fuerza con que atraviesa la realidad deja al desnudo nuestra frágil situación, que no sabe cómo responder a su arbitrariedad. Avasalla, enmudece, desconcierta todas
las predicciones, porque no podemos dominar el curso que puede tomar su impetuoso impulso. Como la noticia de un ciclón, llega por detrás el ojo batiendo los brazos. Y sólo cuando haya acabado de arrasarnos sabremos medir las consecuencias. Así percibimos las medidas económicas. Le tememos, pero puede ser una oportunidad. Una acostumbrada mirada descreída, escéptica, no alcanza a vislumbrar esto. Sólo verá otro vendaval, otro más para aguantar.Con su paso, se derribarán muros que fueron sostenidos durante décadas. Caerán sólidas columnas y troncos que creíamos arraigados. Habrá pérdidas, y habrá quien sufra por ellas. Pero llegará la ganancia que siempre trae todo lo nuevo. Toda crisis, todo cambio, toda transformación, deja caer lo caduco y emerger lo inédito con vital esperanza. Aún con la incertidumbre que provoca la inestabilidad, los huracanes existen para mantener el equilibrio y hacer respirable la atmósfera e, incluso, aportar el agua que impide la desertificación. Claro que desgarra, nos sacude, nos pone en situación de precariedad, nos mueve a trabajar en condiciones diferentes y a emprender tareas de  reconstrucción, buscando una vida en mejores condiciones para la sociedad.
Para que una tormenta sea la oportunidad, necesita de nuestra mirada positiva. Sólo si apostamos por dejarnos atravesar por ella, que nos desnude de viejos atavíos, podremos revestirnos con ropa nueva. Sólo si le dejamos derruir hasta los cimientos las viejas construcciones, podremos poner las bases más sólidas para edificar lo diferente. Sólo si le perdemos miedo podremos ver cuáles son los resquicios de posibilidad y la ocasión donde actuar con acierto.
Si sólo somos espectadores incrédulos, acabaremos por contentarnos con una respuesta asistencial a los sufrientes del infortunio, sin incidencia histórica. Remiendo en un vestido viejo. Si nos implicamos, podremos reconocer la coyuntura en la cual aportar nuestro actuar con novedad evangélica, umbral del Reino. La llamada de Dios invita a hilar y tejer una tela nueva, con renovada confianza.
«Nadie saca un pedazo de un vestido nuevo para remendar otro viejo. ¿Quién va a romper algo nuevo, para que después el pedazo tomado del nuevo no le venga bien al vestido viejo?» (Lc. 5, 36).

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