Sergio Lazaro

Para defender las ideas por las que luchamos

Crónicas cubanas
En los momentos culminantes de conmemoración histórica, como los que estamos viviendo en la Cuba contemporánea, en mi criterio se pone al orden del día prioritariamente el significado de mantener vivo y vigente el sentido de la vida y el rumbo en pos de la justicia, la equidad y la verdad unidos con el pueblo hasta el final de nuestros días, porque nuestro peregrinaje terrenal no es eterno. Todos venimos al mundo con el tiempo limitado por ley de la naturaleza y nadie se quedará como semilla más allá del desgaste de su biología, por mucho que pretenda hacerlo, muy a pesar de los dictados de su ego y de los esfuerzos de su voluntad.
En estas circunstancias, hay un razonamiento recurrente en mi conciencia de lucha que, en múltiples ocasiones, me ha planteado y que considero necesario reiterarlo, en el sentido de que si importante es haber sabido comenzar más importante aún es saber terminar. Para ello pienso que el recuento de lo realizado con un profundo sentido autocrítico, dejando a un lado los triunfalismos y los autoritarismos que nos corroen por dentro, nunca debería olvidarse y espero que, en definitiva, sea realizado consecuentemente. Anteponiendo, ante todo, los grandes intereses del pueblo a nuestros muy específicos intereses personales, porque lo contrario sería nefasto.
En este orden de cosas, el análisis de causas y la depuración de responsabilidades constituyen una primera necesidad que nunca debería obviarse. Es una fórmula imprescindible para abrirle paso al futuro y para traspasar, efectivamente, los timones de mando a las nuevas generaciones que por derecho propio han de ser los verdaderos protagonistas de la continuidad histórica de la vida en sociedad. Dejar a un lado los empecinamientos, el paternalismo que tanto daño nos ha inflingido y partir de que los que vienen detrás tienen el mismo derecho que nosotros de conducir a la Patria por los derroteros que ellos decidan de manera democrática, transparente y en plena libertad de opción. Los tiempos y las circunstancias cambian y se renuevan en una espiral permanente, y cuando sólo miramos hacia el pasado y nos regodeamos en nuestros hechos, corremos el riesgo de estancarnos y de convertirnos en estatuas de sal que los vientos borrarán para siempre.
Nuestro José Martí expresó algo que nunca deberíamos olvidar, cuando dijo que en cada momento debe hacerse lo que en cada momento se requiere. En este orden de pensamiento, es muy cierto que no deberíamos continuar bordeando el precipicio porque de hacerlo irremediablemente nos hundiremos y, en consecuencia, deberíamos realizar sin cortapisas, los cambios de todo lo que tengamos que cambiar, erradicando las prohibiciones absurdas que se mantienen sin tener en cuenta las necesidades de protagonismo del pueblo cubano, en su conjunto para labrarse la vida en plena libertad de conciencia, de opinión y de agrupación. En esta dirección concuerdo en que sobran las palabras y es necesario que se impongan los hechos concretos y para lograrlo, es imprescindible una profunda renovación de cuadros.
No sólo son necesarias reformas económicas y formales. porque sin cambios estructurales y políticos de fondo nunca podrían resolverse los problemas que nos aquejan, principalmente el escapismo que día a día amplía la diáspora que nos separa y que reduce nuestra población con ritmo galopante en un envejecimiento contra natura que, de mantenerse, podría dar al traste con nuestra sociedad libre e independiente. Estamos ante una responsabilidad ineludible con los que fundaron nuestra identidad y cultura nacional.
Son insostenibles los criterios excluyentes que descalifican y borran a los que piensan distinto, trazando además una línea divisoria infranqueable entre los cubanos que vivimos adentro y afuera del país. De estas prácticas obsoletas e injustas, se beneficia la burocracia que lo enrarece todo y que poco tiene que ver las necesidades y los anhelos del pueblo. Son los errores propios del sistema centralizado y autoritario y de la burocracia insensible que son nuestros peores enemigos. Reconocerlo es un paso muy importante, pero lo imprescindible es ponerlo en práctica erradicándolos de manera consecuente. Es prioritario abrir y sistematizar permanentemente un diálogo de todos con todos para buscar las soluciones necesarias de presente y de futuro, pero sin plena libertad de expresión será imposible lograrlo.
Además, sin tomar en consideración que los cubanos somos un mismo pueblo aun por encima de nuestras diferentes ideas y circunstancias, vivamos donde vivamos, no se crearán las condiciones básicas y duraderas para la paz y la concordia nacional que tanto necesitamos y para avanzar hacia una República en la que quepamos todos, fundamentada en el ideal con todos y para el bien de todos que soñó nuestro Apóstol José Martí.
Finalmente, quiero repetir que sin socialización ni democratización no habrá socialismo posible, muy a pesar de las emociones provocadas artificialmente y de las consignas reiteradas más allá de las realidades y de la verdad histórica. Así lo pienso y así lo afirmo.
Publicado en Por Esto! el lunes 18 de abril 2011.

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