Sergio Lazaro

Un envejecimiento nostálgico

Crónicas cubanas
Con motivo de una reciente noticia sobre el decrecimiento de la población cubana en el 2010 expresada en un informe estadístico resumen del año, quiero referirme al estado de ánimo muy peculiar que experimento y observo entre las personas de mi generación, que somos los cubanos y las cubanas que éramos muy jóvenes o niños en los años finales de la década de los 50 y que por tanto hemos sido testigos de excepción del proceso socio político cubano del último medio siglo.
Esos resúmenes estadísticos siempre pueden ser discutidos, sobre todo cuando se intentan analizar las causas de las situaciones que plantean sus cifras, especialmente si resultan ser negativas. Entonces aparecen los que niegan a ultranza cualquier dato que ellos consideren desfavorable y no admiten nada que no les convenga a sus muy específicos intereses, muy a pesar de la realidad y de la verdad histórica.
Yo no pretendo discutir números estadísticos, pero deseo aportar el testimonio de mi vivencia muy personal; incluyendo la de mi familia, así como la de múltiples amigos de mi generación y vecinos que conviven en mi barrio porque formamos parte de las realidades que expresan esos datos. Lo hago con la esperanza de poder coadyuvar a la comprensión y búsqueda de soluciones para algunos de nuestros acuciantes problemas sociales. Son cuestiones muy recurrentes y extendidas que los dogmáticos de siempre no podrán desmentir porque están presentes con muchas evidencias innegables en la vida de todos nosotros.
Desde la década de los 50 del siglo pasado hasta el presente en que escribo esta crónica, experimento la sensación existencial que el tiempo ha trascurrido vertiginosamente en una dinámica de aceleramiento sistemático. Los que así pensamos, vivimos a un ritmo particularmente complicado y lleno de achaques existenciales propios de la edad. Por otra parte, debo decir que a veces presentimos estar llegando a los finales de la vida terrena, en tanto que una buena parte de los anhelos y sentimientos que extendidamente albergamos en aquellos años de luchas y esperanzas, se han frustrado, se encuentran incumplidos y/o pendientes de circunstancias que nunca llegan.
Mientras tanto, hay quienes piensan que el tiempo que les ha tocado vivir nunca se va a acabar y aplazan constantemente la decisión humana razonable y necesaria de abrir paso a los jóvenes que surgen, que son los dueños por derecho propio del porvenir y, en consecuencia, deben asumir los timones de mando de la sociedad sin excusas ni dilaciones de la misma forma que muchos de nosotros lo pudimos hacer a partir de aquel enero esperanzador de 1959, con menos posibilidades objetivas y subjetivas de formación académica y acceso que hoy. Estas circunstancias me hacen presentir que el tiempo para las soluciones se está acabando, quizás ya se ha agotado y me angustio profundamente ante el estancamiento, y las contingencias negativas a mí alrededor que muchos no quieren reconocer. Subsisten además, algunos que atacan o descalifican en el mejor de los casos a quienes planteamos nuestros testimonios y criterios sobre los problemas que vemos a nuestro alrededor con la esperanza de que sean resueltos.
Hace algunos días, mientras almorzaba junto a mi esposa, en esa intimidad familiar que el amor, el cariño y los años juntos propicia, surgió una conversación nostálgica de recuento de lo vivido, provocada por la noticia de un común amigo que nos había informado de sus gestiones para abandonar definitivamente el país e irse él y su esposa a vivir junto a un hijo asentado en el exterior, que los estaba reclamando. Ese hecho nos impulsó a realizar un análisis sobre los muchos familiares, amigos y compañeros de estudios o de trabajo que en este tiempo habían salido definitivamente de Cuba, algunos de los cuales quizás nunca más los volveríamos a ver; fueron cifras impresionantes.
Ese recuento resultó muy triste y me permitió constatar nuevamente que nuestra realidad existencial, echa por tierra los constantes argumentos de quienes se esfuerzan en plantear que la diáspora se produce principalmente debido a causas atribuibles al exterior; tales como el robo de cerebros y determinadas leyes externas, sin tener en cuenta la incidencia de los problemas que se presentan en nuestro país desde hace tiempo, como son las prohibiciones absurdas, las limitaciones de los derechos inalienables de las personas y de las familias, las muchas dificultades para sobrevivir económica y socialmente, así como los errores y las contradicciones de la palabra con los hechos, los traspiés de la burocracia que nos afectan a todos, unidos a las necesidades, los anhelos no resueltos incluyendo el derecho de cada cual a entrar y salir libremente de su país y establecerse en donde lo desee.
Por otra parte, cada día se hace más evidente el crecimiento de una población de viejos que se van quedando solos, muchas veces desprovistos de todo amparo filial, así como ocasionalmente del cariño y de la atención de sus familiares más cercanos. Considero que son múltiples y muy dolorosos esos casos que lastran decisivamente a la sociedad cubana contemporánea y que exigen que se dejen atrás los empecinamientos enquistados de repetir y repetir siempre los mismos argumentos, con criterios que cada vez se hacen más obsoletos y apartados de la realidad existencial que vive la población cubana de hoy adentro y afuera de nuestras fronteras. Son angustias de doble vía que nos entristecen a todos, tanto a los que nos quedamos como a los que se marchan para siempre.
Considero también, que si se hace un recuento a profundidad y honrado, sector por sector, familia por familia, lugar por lugar, encontraríamos las mismas razones y cifras o serían muy similares, lógicamente con sus excepciones. En consecuencia, Cuba se ha estado despoblando sistemáticamente en un ritmo nunca antes visto y las causas hay que buscarlas en el interior y en los propios errores que concuerdo son las principales amenazas que acechan al proceso socio político cubano, sin excluir algunas cuestiones externas que también nos afectan.
Escribo de circunstancias y coyunturas muy tristes, que requieren soluciones de fondo sin ideas preestablecidas y enajenantes de lo que verdaderamente vivimos. En este orden de pensamiento es imprescindible decir además, que la política de matar al mensajero y desacreditar a quienes nos atrevemos a expresar honradamente nuestros testimonios lo empeorará todo y nos puede conducir a situaciones verdaderamente insostenibles. No es un asunto de enemigos o no enemigos, son problemas de todos los cubanos de adentro y de afuera del país, que deben ser debatidos de conjunto y civilizadamente para buscarles alternativas y soluciones definitivas en el tiempo. Así lo percibo y así lo escribo para el análisis y el debate civilizados. fsautie@yahoo.com
Publicado en Por Esto!, el martes 24 de mayo del 2011
http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=22&idTitulo=91536

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