Sergio Lazaro

El pueblo y el pacto social necesario

Crónicas cubanas
A veces pienso que los cubanos estamos inmersos en una dinámica de tal velocidad y amplitud, que agolpa vertiginosamente en lo más interno de nuestras conciencias casi sin oportunidad para expresarlos hacia el exterior, muchos sentimientos, angustias y anhelos que se nos quedan truncos y/o frustrados. El peso de estas inhibiciones junto con el tiempo transcurrido, han ido creando un hastío existencial e incluso un cierto rencor contenido, además de un fatalismo casi enfermizo en relación con que podamos algún día superar los miedos y las incertidumbres del presente de limitaciones, prohibición, exclusiones y penurias en que estamos insertados, incluyendo profundas dudas sobre el porvenir que tenemos por delante.
En estas circunstancias, reitero mi criterio que si dentro del sistema establecido no hay un cambio drástico en lo referido a la consideración hacia el ciudadano común y corriente, será muy difícil que se alcance la necesaria credibilidad para las medidas y transformaciones de índole económica que se plantean poner en práctica con el propósito de superar los difíciles momentos que estamos viviendo. La situación actual es muy compleja y multidimensional, porque tiene un componente económico, social, político y espiritual de gran envergadura, que no se resuelve sólo por medio del conjunto de lineamientos planteados con independencia en última instancia de que sean efectivos o no, incluyendo a algunos que empeoran las cosas. En estas circunstancias, concuerdo con los que plantean que se requiere de una renovación del pacto social que ha estado vigente en los subsidios de precios, servicios sociales gratuitos, seguridad social, derecho al trabajo y esperanzas de un futuro mejor.
Por otra parte, quiero expresar que en nombre de esas prestaciones, durante años hemos sido relegados a una posición en espera de las directivas centrales sin posibilidades de participación efectiva más allá de los procedimientos formales establecidos. Cuando se ha decidido algo, ya sea el precio de los productos y servicios de primera necesidad, o como por ejemplo la desarticulación de la industria azucarera en torno a la cual se creó nuestro país, poco ha importado que la población esté de acuerdo o no. Se ha decidido conforme a un paternalismo infalible que recaba culto y sumisión permanente.
En esas ocasiones anteriores, todo aquel que se ha atrevido a cuestionar lo planteado centralmente, ha tenido que sufrir la descalificación, el insulto o inclusive medidas disciplinarias de diversa índole incluyendo la represión indirecta, sutil, o directa sobre su persona; por lo que actualmente para lograr una efectiva participación generalizada, se necesitaría de hechos concretos previos de apertura a la libre información, a la expresión de lo que se piensa, eliminando además las prohibiciones y /o restricciones absurdas como pueden ser el acceso a Internet, el permiso de salida, la venta de los automóviles comprados personalmente y muchas otras limitaciones que sería muy extenso relacionar. En esto no caben las groseras excusas de quienes intentan descalificar esas demandas con comparaciones extemporáneas que no vienen al caso en relación con lo que son derechos indiscutibles de las personas.
Como consecuencia de todo esto, una verticalidad rampante, ha ido calando de arriba abajo al punto que en las instancias cercanas a la base de la sociedad, muy frecuentemente el poco respeto y el maltrato se han convertido en una norma no escrita en las entidades sociales y comercios a que tiene que acudir el pueblo para satisfacer sus necesidades y/o resolver sus problemas. Cuando concurrimos a estas instancias, generalmente lo hacemos con la preocupación interna de que cualquier inconformidad, duda, criterio o incluso pregunta mal entendida pueden ser tomadas como actitudes que requieren de una tajante respuesta educativa porque “al pueblo hay que disciplinarlo”, además casi siempre poco amable y algunas veces en los términos con que se tratan las acciones enemigas. Escribo sobre cuestiones que he sufrido en carne propia y que nadie en su sano juicio podría negar, porque son realidades que hoy saltan a la vista.
Habría que cortar radicalmente estas actitudes tan dañinas y para ello se hace necesario eliminar ese estilo tan usado por algunos de concentrar las culpas de los grandes problemas sobre el hombro de los trabajadores y del pueblo en general. Es, además, un discurso que ha caracterizado a una buena parte de las intervenciones públicas de algunos dirigentes estatales, políticos, sindicales y sociales, así como los términos y concepciones utilizados en los análisis difundidos y/o expresados como opinión propia por muchos comentaristas, locutores, periodistas y comunicadores sociales en general, que la población escucha, guarda y acumula en su subconsciente.
Es imprescindible oír atentamente y tomar en cuenta lo que se comenta en la calle, los ómnibus, los almendrones y los lugares de esperas en donde se concentra el pueblo de a pie. Es urgente comprender y asimilar estos sentimientos, anhelos y preocupaciones. Yo considero que en el ánimo de lograr la armonía social que tanto se necesita y que muy poco tiene que ver con el monolitismo propio de una unanimidad virtualmente forzada, es tiempo de que se tomen muy en consideración las necesidades ineludibles de respeto a los derechos inalienables con que venimos todos al mundo, dejando a un lado la retórica vacía y el análisis detallado y persistente de lo que sucede en otros países sin tener en cuenta nuestros propios problemas; lo que por su insistencia en demostrar que todo en el exterior está en mayores crisis que las nuestras, se hacen desesperantes y generan la irritación popular.
Tal y cómo he estado planteando en anteriores crónicas, hay que poner los pies en la tierra y actuar con realismo político abandonando las polarizaciones y los empecinamientos extremos, así como la obsesión de plantear siempre lo mismo ante situaciones tan adversas. En consecuencia, reitero que coincido con los que se plantean seriamente la urgente necesidad de reconstruir un nuevo pacto social en el que quepamos todos, que en mi criterio además debe incluir lo novedoso que ha surgido, eliminar las restricciones y prohibiciones absurdas que limitan sensiblemente los derechos humanos y facilitar la transición de los timones de mando de la sociedad a las nuevas generaciones. El tiempo se acaba. Así lo considero y así lo escribo. fsautie@yahoo.com
Publicado en Por Esto! El lunes 7 de febrero del 2010.
http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=22&idTitulo=70122

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