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La Mambisa deja Vueltabajo: Crónica de un comienzo-despedida


La imagen de la Virgen Mambisa dejó la Diócesis de Pinar del Río en la mañana del 6 de noviembre, pero María, la Madre de Dios, la que siempre ha estado, se queda ahora con más fuerza. La memoria cristiana del pueblo se ha despertado de manera privilegiada: toca entonces sembrar la semilla del Evangelio en una tierra más fértil y húmeda, ávida de vida, expectante de múltiples necesidades espirituales y materiales. La imagen fue despedida  de Vueltabajo, pero muchos en la Iglesia que pastorea el Obispo Jorge Serpa tienen la certeza de un nuevo comienzo, de un tiempo nuevo y mejor para hacer lo mismo que se ha hecho siempre: anunciar a Cristo, pero ahora en condiciones más favorables para la escucha de la Palabra. “Se ha visto que estos son lugares en los que hay muy buenas posibilidades para el trabajo pastoral. ¡Hay que formar gente para eso!” –dijo hoy el Obispo a un grupo de sus colaboradores que lo acompañaron a despedir la imagen.
El traspaso de la estola de la Peregrinación se realizó de manos de Mons. Jorge Serpa al Cardenal Jaime Ortega en el poblado de Menelao Mora al pasar el río Guajaibón, antes de llegar a Playa Baracoa, en la carretera de Mariel a La Habana. En la entrega estuvo presente además Mons. Juan de Dios Hernández, Obispo Auxiliar de La Habana; Mons. Ramón Suárez Polcari, Canciller de esa Diócesis; y los sacerdotes P. Jesús López y P. Bladimir, también habaneros.
La entrega se produjo bajo la lluvia, que no había cesado en toda la mañana e impidió el traslado por mar desde el pueblo de Mariel hasta La Boca, lugar donde se hizo la primera parada después de la despedida en el templo parroquial, a las 8:00 AM luego del rezo de un rosario a templo lleno tras el cual el Obispo predicó y explicó la eventualidad. Ni en La Boca ni en Henequén a la gente le importó la lluvia, había familias enteras con sus niños en brazos guarecidos bajo un paraguas, pero allí, con los ojos abiertos y atentos a lo que decían el Obispo y el P. Francisco Valls (Paco, Marianista, Párroco de El Mariel). Al borde de la carretera se veía personas que salían a ver la imagen, sus rostros y sus poses hablaban de un contacto con lo sagrado: la vista de la imagen lleva a muchas personas al contacto con el Dios-interior que vive en cada ser humano, muchas veces inconsciente, con poca influencia en la cosmovisión o en el comportamiento, pero Dios al fin, que espera ahí dentro el ser descubierto y amado consciente y consecuentemente.
“La imagen se va, la Virgen se queda porque  ella siempre ha estado. Ella ha venido para quedarse, y la pregunta que nos hace es: ¿puedo?”. Esta idea atravesó la predicación del Obispo en los tres lugares antes de la entrega, y también en toda la Diócesis. “Unos podemos pensar o actuar de una manera, otros de otra, pero Ella une a los cubanos como pueblo y quiere que conozcamos a Jesús, su Hijo, y que lo amemos”. El P. Paco por su parte preguntaba: “¿será suficiente el bello recuerdo, el fervor, las súplicas, los ojos con lágrimas?. Sin duda todo eso es bueno, pero la propia imagen nos dice que no basta, ya que nos muestra a María con su hijo en un brazo: el Salvador, y en la otra mano la Cruz: el camino de la salvación. ¡Es Jesucristo el que salva, a Él hay que conocer y seguir!”
El Obispo contó cómo en muchos lugares en que niños y adultos se acercaban a ver la imagen, y como no sabían rezar el Ave María les preguntaba: “¿qué hacen ustedes cuando se van de casa por la mañana, o cuando quieren mostrarle el cariño a la madre?”. “Le damos un beso, casi siempre respondía alguien”. “¡Pues bésenla!” –decía el obispo, y aquellos besos mostraban la mejor de las oraciones. También contaba que muchas personas al verla exclamaban: “¡qué linda!”, con una expresión que les salía de dentro: “esa expresión de ‘¡qué linda!’, dicha de esa manera, en Cuba significa mucho más que la mera belleza estética de la imagen, revela el estupor de la experiencia religiosa”-afirmó el obispo. En el poblado El Henequén, pidió a los niños que le expresaran cualquier cosa a la Virgen y se oyeron frases como: “¡la amo!”, “¡que se quede!”, “que mi abuelita tenga salud para que me siga cuidando y que tenga dinero para ir a los lugares donde no he podido ir”.
Queda claro entonces que ante esta realidad, el encargo de la Iglesia es brindar a la gente la acogida y las herramientas necesarias para que la oración se convierta en una realidad cotidiana de encuentro con Dios, más allá de los besos y las peticiones, y que el estupor ante lo sagrado se transforme en práctica de fe diaria, que influya de manera decisiva en el comportamiento y en la visión del mundo de personas y familias. Dios, a través de la devoción a la Virgen, ha hecho que gran parte de nuestro pueblo no perdiera la fe, la Peregrinación ha despertado de manera privilegiada esta memoria cristiana y la ha hecho pública, ahora es tarea de la Iglesia el anunciar a Jesucristo a toda esta gente que a penas lo conoce. “¡No tengamos miedo de hablar de las cosas de Dios a nuestros vecinos, amigos y familiares!”-insistía el Obispo con fuerza en el Mariel-“¡no tengamos miedo, hablemos de Él así como hablamos de la novela o de un suceso del barrio!”.
La gran familia diocesana de Pinar del Río ha terminado con éxito una hermosa experiencia de evangelización, la cual representa un nuevo impulso a su tarea cotidiana de anunciar a Cristo para que las personas y la sociedad sean mejores y se salven. ¡Demos gracias a Dios!

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