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La Mambisa en el Estadio

La pobre Iglesia en Pinar del Río difícilmente pueda llenar un estadio, pero esta vez convocaba la Virgen de la Caridad, cuya imagen peregrina presidió hoy la solemne misa celebrada en el Estadio de pelota Capitán San Luis, sede del equipo actual campeón nacional.
La misa fue presidida por el Obispo Jorge Enrique Serpa, concelebrada por Mons. Bruno Musaró Nuncio Apostólico en Cuba, Mons. Juan de Dios Hernández, Obispo Auxiliar de La Habana, Mons. José Siro González, Obispo Emérito de Pinar del Río, el P. Fabrice Rivert, Secretario de la Nunciatura, varios sacerdotes de la Arquidiócesis de La Habana y todo el clero diocesano de Pinar del Río.
Desde el aclarar la gente comenzó a llegar al estadio para ir conformando un panorama variopinto integrado por hermanos de todas las parroquias de la diócesis, religiosas y religiosos, y más de 10 mil personas de la ciudad, de esas que no frecuentan la iglesia pero que creen en Dios y conservan su devoción a “la Virgencita”.
El público estaba atento y sensible, el primer estallido de aplausos ocurrió al entrar al terreno la bandera de once metros que había encabezado la procesión del 8 de septiembre. El segundo estallido, fervoroso es indescriptible, ocurrió al entrar la imagen de la Virgen de la Caridad por la puerta del jardín derecho del estadio, escoltada por patrullas de la policía. La imagen fue cargada en hombros por cuatro jugadores del equipo de Pinar del Río, que la llevaron por toda la línea derecha hasta el home, para luego colocarla en el altar preparado para ella, al comienzo de la medialuna de la segunda base, tras el cual se situó el altar de la Misa.
“Les doy la bienvenida en esta mañana hermosa, que es un milagro después del susto que nos había dado el huracán Rina” –dijo el Obispo Jorge visiblemente emocionado, tras lo cual invitó a cantar los himnos, nacional y de la ciudad. El día había comenzado despejado, pero desde el comienzo de la misa y hasta la lectura del Evangelio unas nubes discretas taparon el sol naciente como para dar el toque adecuado de luz y frescura, que requiere todo encuentro íntimo.
Al presentar al Nuncio, el Obispo Jorge dio “la bienvenida de todo corazón al representante del Santo Padre entre nosotros”, tras lo cual el público aplaudió como quien recuerda al Papa que nos visitó. Fue también muy grande el aplauso cuando el mismo Obispo, al presentar a Mons. Siro dijo: “la semilla del Evangelio del Amor que usted sembró en tiempos duros, ha comenzado a dar frutos” y señaló al graderío. También presentó el Obispo a Mons. Juan de Dios Hernández y al Secretario de la Nunciatura, y saludó a los sacerdotes, religiosos y religiosas presentes así como a las autoridades, que “han hecho hasta lo imposible para que esta peregrinación tenga éxito”, tras lo cual el público aplaudió fuerte.
Además de lo sensible y efusivo del público ante los gestos de la liturgia, impactó la gran disciplina durante la lectura de la Palabra, la homilía y la consagración. Se veían rostros atentos donde afloraba a cada rato la emoción, tal vez no comprendían muchas cosas, pero su ser estaba sintonizado con lo que sucedía: ¿cuántos sueños, alegrías, dolores, pasiones y necesidades traían en el corazón para poner a los pies de la Virgen? ¡Dios lo sabe!, y María de la Caridad, siempre atenta y orante, también.
Las lecturas estuvieron cuidadosamente escogidas: la creación como acto de amor centrada en el ser humano (Prov. 8,22-32), el canto de María al saber que sería la Madre del Salvador (Lc 1,46-55), cantado de forma sentida y brillante por la religiosa Blanca Aurora Valdés; el himno del amor (1 Co 13), y el Evangelio de las bodas de Caná (Jn, 2,1-12). El coro de la Catedral animó los cantos.
La unidad y la reconciliación de la persona con Dios, y por tanto de los cubanos entre sí, fueron los grandes ejes de la homilía, dicha en lenguaje claro y fuerte: el ser humano tiene en sí mismo un valor incalculable, no por lo que tiene, sino por lo que es, por tanto el progreso y la vida digna son voluntad de Dios, lo que implica que el hombre debe regir el mundo con justicia, con la manos abiertas a Dios.
El Obispo señaló los elementos de nuestra realidad que entristecen el corazón de la Madre del Cobre como son la separación de la familia, la falta de recursos económicos y la ausencia de Dios en la vida personal y social. También habló de la solidaridad, la nobleza, la cultura y la sencillez de nuestro pueblo, que alegran el corazón de la Madre y nos llenan de esperanza.
“Ella se alegra al constatar que nunca ha estado ausente del pueblo cubano. Alegra ver cómo han sido los niños los que han roto en muchos lugares las barreras de las prohibiciones y han ido a ver la imagen (…) La virgen sale a nuestro encuentro justamente para dejar caer las barreras que impiden el progreso y la unidad de Cuba” –dijo con fuerza.
Fue muy significativo el momento en que el Obispo, al referirse a la visita de la imagen a la cárcel y a su trabajo como responsable nacional de la Pastoral Penitenciaria, dijo: “He encontrado presos que arrastran condenas de las cuales somos todos responsables de alguna forma” y pidió al Estado un indulto para los presos enfermos, viejos, o que han cumplido la mayor parte de sus condenas, como un “gesto de buena voluntad en este tiempo especial que estamos viviendo, el cual Dios siempre ve con buenos ojos y bendice.”
Para el obispo de Pinar del Río, el éxito de los caminos de diálogo que poco a poco se abren, depende de lo que seamos capaces de concertar para el bien de las personas y de Cuba. “María del Cobre no vino para pasar, sino para quedarse, y pregunta a cada uno de nosotros: ¿puedo quedarme?”, a lo cual el graderío contestó con un sí rotundo. “Ella no se queda con ninguna condición, pero sí con exigencias de una vida más recta y abierta a Dios, ya que donde está Él hay vida, fraternidad y futuro, sin Él no hay nada de eso.”
El credo se proclamó de forma dialogal mediante preguntas del obispo al pueblo sobre los misterios de la fe: el grito de “¡Sí creo!” de aquellos miles de personas me apretaba el corazón. La fe de unos pocos en tiempos difíciles, ha hecho posible esta manifestación pública de la fe de muchos. Esta fe está poco encarnada en la vida cotidiana, pero está viva. Toca a la comunidad cristiana trabajar para que esta fe se convierta en obras y actitudes, para que de fruto.
En el momento de la Comunión, los sacerdotes concelebrantes subieron a las gradas a repartir la comunión. Luego de la acción de gracias el Nuncio comunicó “una bendición especial de parte del Santo Padre” y habló sobre la importancia de la Virgen para la fe cristiana. Al finalizar la misa los obispos bendijeron al pueblo y al bajar del altar, tuvieron un pequeño intercambio con los jugadores que llevarían de regreso a la imagen al carro que la conduciría hasta su próximo destino: Viñales.
El canto final de la misa fue la Guantanamera, que hizo estallar nuevamente al público, que se fue marchando al ritmo de esa cubanísima pieza. Concluyó así la celebración en la que la familia diocesana de Pinar del Río celebró la fe a los pies de la Virgen Peregrina.

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