Venía de San Lázaro

Su rostro se veía cansado y triste. Se bajaba en Centro Habana de una
guagua que lo traía del sur.
-¿De dónde vienes?: venía de El Rincón, donde se venera a San Lázaro.
-¡Del Rincón acere! ¿No sabes qué hoy es su día? ¡Ese es mi santo! Me
respondió con cara de quien dice lo que todo el mundo debería saber
-Sí sé que hoy es San Lázaro, yo me llamo Sergio Lázaro por El. ¿Me
permites una foto?
-¡Claro!
Y la tristeza en el rostro se tornó en claridad: ¡le importaba hacerse
notar! De manera que detrás de su manifestación religiosa no había sólo
alguna pena o necesidad que fue a “compartir con el Santo”, había una
implícita de darse a conocer. De que su fe se viera.
¿Qué llevó Yoandy a vestirse de saco, pasar la noche en vela, y caminar
ida y vuelta los 10 kilómetros desde Santiago de las Vegas hasta El
Rincón, descalzo y vestido de saco? ¿Qué lo lleva a buscar ayuda en una
manifestación religiosa? sin duda la fe.
La fe que “se suponía” que debía estar ausente en un veinteañero del
siglo XXI en Cuba, fe que se manifiesta de una forma primitiva, pero
real y públicamente. Fe que debe encausarse hacia el descubrimiento de
Dios vivo que habita en su corazón lleno de necesidades no resueltas y
que encuentra refugio en el Santo. ¡Los cristianos tenemos la obligación
de mostrarles ese camino!
En mi familia aprendí la veneración de los santos. San Lázaro y la paz
propia de El Rincón los días que no son 17 de diciembre, me ayudaron en
uno de los momentos oscuros de mi fe. Tal vez de la misma manera en que
aquel buen amigo de Jesucristo hacía en las tardes de Betania, cuando el
Señor iba a descansar a su casa