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EL ABANDONO DE DIOS

Autor: Abdennour Bidar
Publicado en Le Monde des Religions, Hors-Série 17, Le message de Jesús. Les 8 clés de son enseignement, Paris mars 2012, pp. 16-17. Traducción del P. Miguel Ángel Sánchez.
Desde el mediodía toda la región quedó sumida en tinieblas hasta las tres de la tarde. Hacia esa hora, Jesús gritó con voz potente: “Elí, Elí, ¿lemá sabaktani?”, que quiere decir: “¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Mateo 27, 45s.
Aprecio particularmente esta frase como unas de esas palabras cuyo recuerdo me permite situarme lo más cerca posible de mi alma, permanecer en actitud de contempla-ción ante el secreto de mi personalidad espiritual más profunda y mi humanidad más compartida. ¿Por qué? Es difícil hablar de una resonancia tan íntima. Las significaciones que mi filosofía puede aportar a mi vida mística no aclaran nada que no la traicione al mismo tiempo. Sin embargo, intentémoslo.
Dos cosas de manera particular me afectan y me interrogan en este último lamen-to de Jesús antes de su muerte… y su resurrección. La primera es la soledad extrema que expresa. Este hombre vive la experiencia del abandono más radical y del sufrimiento más doloroso. Grita, pide ayuda, pero sólo le responde el eco de su propia voz. Como dirá mu-cho más tarde Albert Camus, “el absurdo nace de esta confrontación entre la llamada humana y el silencio falto de razón del mundo”. Camus era ateo, desde luego, y se puede dudar que Jesús exprese ese sentimiento de un absurdo de la existencia. Pero, misterio-samente, los dos se encuentran, porque los sentimientos del absurdo extremo y del ex-tremo abandono hablan de dos maneras de la experiencia universal de todo hombre —de cada uno de nosotros— que se encuentra un día en la soledad más absoluta, la noche suprema en la que ninguna luz exterior viene a guiarnos, donde todas las vías de salvación y de felicidad se han desvanecido en la arena. Entonces, en ese vacío, llega el tiempo de no buscar más que en sí mismo y de encontrar en sí mismo lo que se tenía costumbre de tomar de afuera. Es morir a la vía exterior —religión, tradición, enseñanzas, guía, educación— y renacer a la vía interior. Se le puede desear a cualquiera, en ese sentido, que encuentre su cruz y muera. La muerte de Jesús en su cruz constituye, a este respecto, un símbolo y una sabiduría universales. Y su grito apela irremisiblemente a nuestro amor.
La segunda es la actualidad de ese grito. ¿Qué conciencia creyente hoy en día, aún la más piadosa y la más solidamente vinculada a su fe, no sufre una sorda angustia res-pecto a su dios, sea el que sea? Una angustia que nace del sentimiento de su alejamiento, de su retirada, de un abandono que sería el más terrible… Toda conciencia creyente, toda fe está atenazada por ese miedo a que su dios ya no le visite, ya no le responda. Pero pa-recería que en estos momentos hubiera, incluso, algo más que ese sentimiento tan viejo como la fe misma. El hombre, ¿no se siente hoy en día un poco más abandonado por Dios de lo que lo pudieron experimentar los hombres de los milenios pasados, aún en los momentos de sus mayores dudas? Ese grito de Jesús, ¿no se ha convertido en el grito de la humanidad entera? Ese Padre al que llama y que no le responde, sino que le deja solo, a Él, al Hijo, ¿no es la premonición de nuestra situación, la de todos nosotros, que debemos en estos tiempos asumir completamente solos nuestra existencia como si fuéramos los herederos de dioses desaparecidos? Aunque parece conservar sus lazos con sus dioses, en efecto, nuestra humanidad, inexorablemente, les ve alejarse de ella en la misma medida en que aumenta su propia responsabilidad sobre el universo. De esa manera, nuestra humanidad “sale de la religión” —como se dice frecuentemente, con razón, aunque las apariencias digan lo contrario—.
Sin embargo, precisamente ahí, en ese momento sin precedente en la memoria humana, y fuera de todos esos tiempos revueltos en que hasta ahora los dioses nuevos habían remplazado cada vez a los antiguos, la humanidad está llamada a plantearse preguntas completamente nuevas. Sobre todo, una. ¿Qué nos queda, si los dioses nos abandonan? ¿Qué vida espiritual, qué trascendencia, qué grandeza? ¿Qué tarea y qué fuerza? El Occidente moderno es el primero que se ha aventurado en ese terreno, al me-nos desde el siglo XVIII, es decir, el terreno del hombre dejado solo por sus dioses. Pero lo que ha dicho a este propósito no nos es de ninguna ayuda en estos momentos en que esta experiencia se universaliza. Ha dicho, en efecto, que los dioses habían muerto, y que los hombres no tenían nada espiritual que llevar a cabo: que debían contentarse con hacer política, fabricar máquinas y buscar su felicidad. Pero la experiencia de Jesús en la cruz nos dice una cosa completamente distinta: hay un renacimiento espiritual que nos espera más allá del crepúsculo de los dioses… ¿Cuál? Busquemos todos juntos, sin distinción entre ateos y creyentes, pues lo que nos espera nos liberará de lo que nos divide, nos reunirá y ya no seremos ni ateos ni creyentes.
Pascua 2012.

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