El beso del hijo

El viejo entró a la iglesia el domingo nada más que abrió. Fue directo al gran crucifijo de yeso de tamaño natural que cuelga a la derecha y lo besó. Lo contempló largamente con ternura y dijo en voz alta, con tono compasivo  y una voz cansada en la que se podía oír la falta de de la dentadura: “¡Dame paciencia… pa’ aguantar tanto hijoepu…!¡Dame salud, pa’ seguir con mis nietos!… Mi Señor…. que pasaste tanto… ¡y estás aquí!… conmigo”