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Hombre de la Iglesia en el corazón del mundo, hombre del mundo en el corazón de la Iglesia


Una reflexión ante la muerte de un católico comprometido
Ayer murió Oswaldo Payá. Hoy velamos con su familia adolorida, aguijoneada por mil porqués, ante un cómo que aun no está claro. Yo me arrodillo ante el misterio, también aguijoneado por mil preguntas que reboto hacia Dios.
Sin embargo  lo más importante ahora es el “para”. Payá vivió para su familia, en la cual Cuba y la Iglesia eran dos miembros muy queridos, tanto,  que con ellos  aprendieron a convivir su esposa y sus hijos, en una armonía (difícil como suelen ser aquellas en las que están presentes tales miembros) que se podía ver claramente.
Payá soñó, convocó, e hizo una propuesta política incluyente y totalmente legal que aun no ha sido debidamente atendida por el gobierno y debería ser más conocida entre todos los cubanos: el proyecto Varela. Dudo que cuando los redactores de la constitución cubana de 1976 agregaron el artículo que da iniciativa legislativa a 10000 cubanos puestos de acuerdo, hayan podido pensar que jamás alguien hubiese podido reunir tantas firmas en una iniciativa de cambio para aquella constitución: Payá lo logró. Más bien tuvo la audacia de creer que era posible y de convocar para que lo fuera, lo logramos todos los que firmamos.
No todo lo que hizo y dijo tuvo el acierto que debía, pero todo lo habló y ejecutó desde su fe cristiana y católica como hombre de la Iglesia en el mismo corazón del mundo, en las realidades donde se juega el bienestar y la vida de la gente, donde casi nadie quiere o se arriesga a meterse: la política.
Siempre dejó claro que no pretendía implicar en ello a toda la comunidad (y no puede ser de otra manera), pero esto no lo hace  un miembro de menos valía de dicha comunidad, al contrario, son los que más dan los más grandes ante Dios, más allá de que los comprendamos o no. Esta comunidad suya hoy  lo vela y acompaña  en el  camino hacia la casa del Padre, donde se encuentran todas las respuestas, y de donde vienen todos los motivos que nos hacen más plenamente humanos, aquellos por los que Jesucristo decía que vale la pena dar la vida, esos que nos permiten acceder al amor que da sentido último a nuestra existencia.
El testimonio de compromiso social y la fidelidad  de Oswaldo en el servicio a Cuba desde una postura política, hicieron que siempre fuese una referencia para la comunidad cristiana, más allá de acuerdo o discrepancia, ha sido una voz y una acción a tener en cuenta, como hombre del mundo en el corazón de la Iglesia. Su vida muestra a los católicos que no hay ambiente o circunstancia en la que no sea posible la presencia cristiana.
¡Descansa en paz Oswaldo!¡Sigue trabajando por Cuba cuando alcances el Reino de los Justos!

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