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El valor de una sonrisa

Colaboración de la revista  Católicos Hoy, de la Diócesis de Guantánamo-Baracoa
Esa tarde iba por una de las calles del querido Guantánamo cuando la persona que me acompañaba saludó a alguien que estaba en el portal de su casa en su silla de ruedas. Y me impresionó la alegre sonrisa con la que le contestó aquel ¿muchacho? ¿O persona mayor?
Decidí volver al día siguiente con la cámara fotográfica. Yo quería conservar para la historia esa peculiar sonrisa de una persona discapacitada…
Luciano, así se llama, tiene 61 años de edad, y sufrió un accidente cuando tenía 6 meses de nacido, del cual quedó inválido. Nunca ha caminado. Habla con dificultad, pero lo entiende todo. Su mamá le hace honor al nombre que ella tiene: Victoria. Ella ha sabido ganar la medalla de oro estando a su lado estos 61 años. Y también sabe sonreír. ¡Tal vez fue ella quien contagió a su hijo con la risa!
Desde esa tarde ando tarareando aquel canto de Palito Ortega que cantábamos hace ya algunos años:
“Cuando llego a mi casa y encuentro una dulce sonrisa yo me olvido de todo lo malo y me siento feliz. Cuando voy por las calles y veo sonreír a un niño me pregunto por qué muchos grandes no ríen así. ¡Una sonrisa puede más que un grito, puede más que todo, si te sientes triste, si te sientes sólo, busca una sonrisa que te hará feliz!”.
¡Gracias, Luciano y Victoria, por haber aprendido a reír a pesar de todo!
¡Gracias por enseñarnos que nuestros propios problemas no son tan grandes como creemos!
Y permítanme una petición: ¡Sigan regalándole su sonrisa a todo el que pase por delante de su casa!
Algún día, será nuestro buen Dios quien los recibirá a ustedes en su Reino ¡CON UNA SONRISA!.

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