Adorar


Adorar sana el espíritu, lo libra del miedo, del egoísmo, del arrastre del ambiente… y de otros mil males, como solía decir uno de mis formadores. Adorar nos sitúa en nosotros mismos. Pero hay que adorar a Dios vivo, no a otras cosas. Él quiso estar presente de manera especial en el pan de la Eucaristía, que es el pan y el vino que consagra el sacerdote en la misa: «Este es mi cuerpo», «El que come mi cuerpo tiene vida eterna» (Cf Mateo 26,26)
En Santa Clara, el obispo tiene un sitio muy especial para adorar, es un lugar donde la belleza y la solemnidad son un signo de la gloria de Dios, la que nos tiene reservada el Maestro, a la que se accede de forma anticipada y preciosa cuando adoramos.