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Oro, incienso y mirra

Los tres regalos que el Evangelio atribuye a los magos del oriente para el niño Jesús, son una muestra clara del modo en que lo humano y lo divino se integran definitivamente tras la Encarnación de Jesucristo:
Oro: se le regala como ofrenda a los reyes. No cabe duda de que los magos sabían que venían a adorar al Rey del Universo. Pero al mismo tiempo ¡cuánto necesitaba aquella pobre familia el dinero para sobrevivir! El regalo de los reyes se convierte entonces en viático de supervivencia para una pobre gente que tendría en breve que atravesar el desierto huyendo de Herodes.
Mirra: Se suministraba en esa época a los que sufrían, y en verdad, aquel niño tendría mucho que sufrir, tal como lo predijo Isaías en sus magníficos cánticos. Pero al mismo tiempo, la mirra era importante para preparar ungüentos y medicinas diversas de la época. ¡El niño necesitaría medicinas! Sobre todo en los días difíciles que se avecinaban.
Incienso: Se regala a Dios, y en efecto, aquel Niño-Rey, es Dios. Pero al mismo tiempo, el incienso es un componente importante para las ceremonias religiosas desde aquella época, y aquella familia era de gente creyente en grado sumo…¡qué bien les vendría el incienso para orar juntos en medio del desierto!
Así es la vida del creyente, la vida de Dios está indisolublemente ligada a la vida cotidiana.

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