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Mi amigo Diego

Tengo un amigo que se llama Diego y que vive ya junto a Dios. Aprendí de niño que su imagen estaba en un altar para recordarnos que por su vida de sacrificio, su bondad y su fe, había arrancado a Dios muchos milagros para los que le rodeaban, y que por eso estaba «arriba, en el cielo».
El artista que hizo la escultura en madera supo imprimirle al rostro un aspecto de bondad y ternura que impresiona al que la mira, «para enseñarnos el poder de la virtud» -decía mi catequista Olimpia.
Su compañía ha sido muy importante para mí, en muchas ocasiones le he pedido que rece por mí, y he visto el fruto de su oración, así como lo lo he visto en la de mis amigos cristianos (católicos o no), que aun no están en el cielo.
Hoy la Iglesia celebra el cumpleaños de este amigo entrañable al que se conoce como San Diego de Alcalá.

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