Respuesta del corazón

¿Dejo que hable mi corazón, o lo reprimo ante las “autoridades”?

Cuando Jesucristo entró en Jerusalén el Domingo de Ramos la gente alababa a Dios y algunos fariseos le dijeron a Jesús que los reprendiera. “¡Si ellos callan, gritarán las piedras!”- fue la respuesta.

La alabanza a Dios es una respuesta de la persona toda, que brota de las entrañas precisamente cuando percibimos Su presencia. La respuesta es tan natural como cualquiera de nuestros instintos básicos. Cuando la boca habla de la experiencia interior del Encuentro, entonces estamos Alabando.

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Extender el manto

¿Estoy dispuesto a ofrecer lo que más aprecio?

En el Evangelio de Lucas (19, 36) se dice que la gente extendía el manto y lo ponía a los pies de Jesús, que entraba en Jerusalén en un burrito. El manto era una prenda preciosa, servía para protegerse contra el frío y el calor, y para la mayoría de la gente sencilla, también para dormir.

Extender el manto era un acto de veneración suprema para aquel pueblo, porque significaba poner al servicio del Rey, algo de lo más preciado que se tenía. También significa despojarse de toda protección o seguridad ante Quien es TODA protección y seguridad: El Rey.


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La Piedra Fundacional

La única Institución que fundó Jesucristo fue el Papado. Le dejó a la Iglesia una «piedra fundacional», una «»última instancia», que confirma la Fe.
Eso se vio muy claro hace tres días en Roma, durante la Bendición a la Ciudad y al Mundo.


En una una plaza vacía el Papa realiza el Oficio del Pastor Universal: enseña y bendice. Cuando parece que todo se desmorona, cuando no es visible la expresión pública cotidiana de la Fe, la Iglesia sigue viva en cada fiel, en cada comunidad, y aun cuando esa vida es difícil de ver: ahí está la Piedra firme sobre la que Cristo erigió su Iglesia.

Sufrir no es sucumbir

El Señor está cerca del que sufre
y salva a los que están abatidos.
El justo padece muchos males,
pero el Señor lo libra de ellos.
Salmo34(33),17-18

El creyente sufre como cualquier otra persona, pero la perseverancia en la fe le otorga una cualidad especial: el Señor nos libra del mal: sufrimos, pero al final ese mal no vence, por tanto, podemos cambiarlo, aunque sea un poco.

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