Recibir el perdón

Confesiones. Fuente: portaluz.org

«¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».
«No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».  Jn 13, 5-8

Reconocer que uno está sucio es difícil. Pero más difícil aún es asumir que es Dios el que te lava. Parece más “natural” la  imagen de un dios (o dioses) terrible y castigador, al que hay que complacer, y cuyo poder es terrible y hay que “ganarse” como protección, sin que importe demasiado cuan bueno o malo soy.  

Pedro no se sentía digno de que Jesús lo limpiase, tal vez en ese momento tampoco reconocía el tipo de suciedad a la que Cristo apuntaba.

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Sincronizar al tiempo de los otros

El Coronavirus nos ha hecho dejar las calles pero nos deja tiempo para conectar con otros por teléfono o Internet.

Lo que hasta ahora ha sido un espacio alternativo de ocio, marketing o estudio, ahora es la única vía de encontrarnos con personas que normalmente veíamos presencialmente. Mientras los horarios cambian, los tiempos vitales se trastocan, y se vive encierro físico, se nos ha abierto una nueva oportunidad de encuentro: sincronizar a ratos con el tiempo del otro.

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Respuesta del corazón

¿Dejo que hable mi corazón, o lo reprimo ante las “autoridades”?

Cuando Jesucristo entró en Jerusalén el Domingo de Ramos la gente alababa a Dios y algunos fariseos le dijeron a Jesús que los reprendiera. “¡Si ellos callan, gritarán las piedras!”- fue la respuesta.

La alabanza a Dios es una respuesta de la persona toda, que brota de las entrañas precisamente cuando percibimos Su presencia. La respuesta es tan natural como cualquiera de nuestros instintos básicos. Cuando la boca habla de la experiencia interior del Encuentro, entonces estamos Alabando.

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Extender el manto

¿Estoy dispuesto a ofrecer lo que más aprecio?

En el Evangelio de Lucas (19, 36) se dice que la gente extendía el manto y lo ponía a los pies de Jesús, que entraba en Jerusalén en un burrito. El manto era una prenda preciosa, servía para protegerse contra el frío y el calor, y para la mayoría de la gente sencilla, también para dormir.

Extender el manto era un acto de veneración suprema para aquel pueblo, porque significaba poner al servicio del Rey, algo de lo más preciado que se tenía. También significa despojarse de toda protección o seguridad ante Quien es TODA protección y seguridad: El Rey.


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